sábado, 30 de julio de 2016

Paremos al fascismo europeo en auge



Han existido siempre, pero en los últimos años los partidos de ultra derecha están cogiendo fuerza en Europa, ¿Cúales son las razones?

¿Es la aparición de partidos de extrema derecha un fenómeno nuevo en Europa?

No. Si nos remontamos al siglo pasado, vemos un cierto paralelismo con la actualidad. Concretamente, en el período inmediatamente posterior a la Primera Guerra Mundial y que precedió a la Segunda Guerra Mundial, se dio una respuesta ultranacionalista, xenófoba y populista que se extendió por todo el continente. Los ejemplos más extremos se produjeron con el nazismo del Partido Nacionalsocialista de Adolf Hitler en Alemania y con el Partido Fascista de Mussolini en Italia.

En la segunda mitad del siglo XX, una multiplicidad de partidos con una similar orientación ideológica fueron fundados, una vez los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial se iban quedando atrás. En Austria fueron los pioneros, con la creación del Partido de la Libertad (FPÖ, por sus siglas en alemán) en 1956, que a su vez era el sucesor de la Federación de Independientes (VdU, por sus siglas en alemán). Tras varios devaneos ideológicos, se consolidó su giro más populista en 1986, con el liderazgo de Jörg Haider. En 1999 logró el 26,9% de los votos en las legislativas austriacas y formó una polémica coalición entre 2000 y 2005 con el Partido Popular Austríaco (ÖVP, por sus siglas en alemán), de centro derecha.
 

Pero el FPÖ no es el único ejemplo. En 1972 se creó el Frente Nacional francés, liderado por Jean-Marie Le Pen y que obtuvo grandes éxitos en 1986 (con 35 diputados en las elecciones legislativas) y 2002 (cuando llegó a disputarle la segunda vuelta de las elecciones presidenciales a Jacques Chirac). Asimismo, en 1971 se fundó el Partido Popular Suizo, con gran apoyo popular desde 1999. En la misma década de los 70 se creó el Vlaams Belang flamenco. En 1980 surgió Aurora Dorada en Grecia. De igual forma, a finales de los 80 hicieron lo propio los Demócratas de Suecia. Y en la década de los 90 surgirían otros partidos, como el UKIP en Reino Unido, los Verdaderos Finlandeses (ahora Partido de los Finlandeses) o el Partido Popular Danés. Más recientes (de 2013 y de 2014, respectivamente) y provenientes de Alemania son el partido Alternativa para Alemania (AfD, por sus siglas en alemán) o el movimiento Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente (también conocido como Pegida). No obstante, no se trata de la única experiencia de partidos de extrema derecha en este país después del nazismo, ya que en 1964 se fundaba el Partido Nacionaldemócrata de Alemania, todavía hoy en vigor.

¿Se ha expandido la extrema derecha por toda Europa?

No por toda Europa, pero casi. Los partidos con esta orientación ideológica han dejado de ser marginales, convirtiéndose en parte del sistema tras dispararse su popularidad en los últimos años. Al margen de los casos de España, Irlanda y Portugal, donde por el momento no han logrado un espacio donde consolidarse electoralmente, han encontrado un caladero de votos importante en el resto de Europa (dentro de la Unión Europea y fuera del club comunitario).

De hecho, hay países como Hungría (con el partido Fidesz de Viktor Orbán) donde gobiernan con mayoría absoluta, siendo el partido Jobbik, que está aún más a la derecha, el que se encuentra en la oposición. Los polacos, socios del eje de Visegrado, también tienen un Gobierno derechista con mayoría absoluta (Ley y Justicia, o PiS, por sus siglas en polaco), quien está llevando a cabo una deriva importante (ley antiterrorista, ley de reforma del Tribunal Constitucional, ley de medios) hacia una agenda que ciertamente puede ser considerada como de extrema derecha.
 

También en Finlandia están en el Gobierno, solo que formando parte de una coalición. En Dinamarca, por su parte, no han llegado a entrar, pero han logrado algo que es casi más importante: que muchos debates giren en torno a las posiciones que adopta este partido. En particular, esto sucede respecto a la política migratoria del país, muy radicalizada como consecuencia del peso que tiene este partido. En Grecia son la tercera fuerza en el Parlamento. Y en Austria han estado a punto de vencer unas elecciones presidenciales que han de repetirse el próximo mes de octubre. Esta tendencia también se confirma a nivel de elecciones al Parlamento Europeo, donde en los últimos comicios este tipo de formaciones consiguieron sus mejores resultados de siempre, con victorias incluso en Francia y Reino Unido.

¿Es toda la extrema derecha igual?

Tampoco. Aunque suelen compartir un elemento de rechazo al proyecto de integración europeo y a la inmigración, existen grandes diferencias en muchos ámbitos entre partidos y países. Así, Amanecer Dorado y Nuevo Amanecer, partidos de extrema derecha en Grecia y Chipre, respectivamente, son vistos directamente como neonazis, tanto por la estética de la que hacen gala, como por sus actitudes violentas o por su aproximación abiertamente xenófoba y racista. Existe una diferencia de escala con otros partidos como son los ultraconservadores de Ley y Justicia en Polonia o Fidesz en Hungría. No obstante, estos dos partidos rechazan el componente “liberal” de las democracias occidentales, alejándose de los consensos básicos respecto a un sistema de pesos y contrapesos efectivos, al tiempo que proclaman su visión soberanista de la democracia y del proceso de integración europeo.

Pero también económicamente hay diferencias sustanciales entre este tipo de partidos: así, el Partido Popular Suizo y el Partido del Progreso Noruego rechazan el aumento en el gasto público y se proclaman más a favor de la responsabilidad individual. De igual forma, AfD tiene un programa liberal en lo económico, aunque propone la disolución ordenada de la eurozona tal y como está constituida en la actualidad. Por su parte, el Frente Nacional, Fidesz o Ley y Justicia tienen una visión más proteccionista de la economía, rechazando el neoliberalismo. Esto se traduce en planes económicos antiausteridad, subsidios y apoyo económico directo a las familias.

En el Parlamento Europeo es donde mejor se visualizan estas cuestiones, ya que muchos de estos partidos no quieren verse asociados con otros, por temor a que debido a ello su electorado les considere demasiado extremistas. Así, Fidesz pertenece a la familia del Partido Popular Europeo (EPP), quien, a pesar de no acogerlo con excesivo entusiasmo, considera un mal menor su presencia. Por su parte, Ley y Justicia y el Partido Popular Danés forman parte del grupo de Conservadores y Reformistas, liderado todavía por el Partido Conservador de Reino Unido (partido de centro derecha que salió del EPP en 2009 para formar este grupo). El UKIP británico lidera la Europa de la Libertad y de la Democracia Directa, donde comparte espacio con el italiano, Movimiento 5 Estrellas, partido con el que únicamente comparte un populismo bastante antieuropeo. Pero hay más: el Frente Nacional lidera el grupo Europa de las naciones y las libertades, donde también está el Partido de la Libertad neerlandés de Geert Wilders, el FPÖ austriaco, el Vlaams Belang belga o la Lega Nord italiana. Y en el grupo de los no inscritos se encuentran aquellos peor considerados: Amanecer Dorado, Jobbik o el Partido Nacionaldemócrata de Alemania.

¿Por qué se han vuelto más populares?

No es por casualidad. Varios elementos explican la mayor popularidad de estos partidos de extrema derecha. Por un lado, la distancia temporal con el período de entreguerras, y por tanto la inexistencia de un sentimiento de culpabilidad por parte de la ciudadanía si apoyan estas formaciones (que contrariamente sí existía entonces). Por otro, el descontento con la globalización y sus consecuencias indeseadas, acompañado por la irresuelta crisis económica. Si a todo esto le sumamos el descrédito sufrido en los últimos años por parte de las opciones socialdemócratas y cristianodemócratas, que han dejado de atraer a los jóvenes, o unos cambios tecnológicos que amenazan por dejar atrás a los trabajadores menos cualificados, nos encontramos con un cóctel explosivo que provoca la búsqueda de otras opciones con un discurso, diferente al tradicional, que propone soluciones sencillas a problemas complejos.

Asimismo, partidos de extrema derecha como el de Wilders se han apoyado en los últimos años en un recurso constante a la criminalización de la inmigración, capitalizando el descontento de aquellos ciudadanos que no se sienten cosmopolitas en absoluto y que temen que la llegada de inmigrantes les deje sin trabajo o empeore sus condiciones de vida. Sin duda, la reciente crisis de refugiados está permitiendo a estos partidos ahondar en estas dinámicas y seguir recabando apoyo popular. Uno de los ejemplos recientes más evidentes es el referéndum británico en el que los ciudadanos decidieron la salida de su país de la Unión Europea. Junto a lo económico y lo relacionado con la soberanía, el tercer eje de mayor importancia a la hora de determinar el voto fue el relativo a la inmigración. La narrativa del UKIP, aceptada por parte del establishment y por muchos ciudadanos ponía el énfasis en que la llegada de centenares de miles de inmigrantes al país en los últimos años habría provocado el encarecimiento de la vivienda, una mayor presión a los servicios públicos y una disminución de las posibilidades laborales para aquellos que cuentan con menores cualificaciones. Por supuesto, esta narrativa obvia el impacto económico positivo que ha tenido la llegada de inmigrantes a Reino Unido en los últimos años, unas personas que han proporcionado mucho más al sistema de lo que han recibido del mismo.
 

De igual forma, también ha ayudado un cierto lavado de cara de los partidos, quienes por norma general han suavizado sus posicionamientos anteriores, si bien de forma más estética que en cuanto al contenido. Así, por citar solamente algunos ejemplos, Ley y Justicia ha cambiado de líderes y ahora cuenta con Beata Szydło y Andrzej Duda en lugar de Jarosław Kaczyński (aunque quien manda sigue siendo éste realmente); el Frente Nacional ha hecho lo propio con la sustitución de Jean Marie Le Pen por Marine Le Pen y su abandono del antisemitismo; Jobbik ya no apoya abandonar la UE (como sí hacía antes); y el FPÖ acepta el derecho de asilo y reconoce la existencia de “inmigrantes bien integrados” (en contraposición a aquellos mal integrados).

¿Que impacto acabarán teniendo en Europa?

Esto está por ver. Por una parte, existen quienes piensan que estos partidos van a lograr cada vez una mayor representación en las instituciones, apoyándose en la evidencia de los últimos años y en la salida británica de la Unión Europea, que podría provocar un efecto contagio. Como ejemplos se citan los casos de Fidesz, consolidado en el poder en Hungría; de Ley y Justicia, que no solamente ha recuperado el Gobierno, sino que también ostenta la presidencia de Polonia; de un Frente Nacional que va claramente a más en Francia, habiendo ganado las elecciones europeas en 2014 y la primera vuelta de las regionales en 2015; o de un FPÖ que ya estuvo a punto de vencer en las elecciones presidenciales que acaban de tener lugar y que habrán de repetirse por las irregularidades detectadas.
 
Por otro lado, se encuentran quienes consideran que estos partidos van a estancarse o perder apoyo, tal y como le está sucediendo al Partido de los Finlandeses, que ha visto reducida a la mitad su intención de voto. Esto se podría deber tanto al desgaste que conlleva estar en el poder y dejar de ser partido protesta, como a la moderada pero continua recuperación económica europea o a la mejora de la situación respecto a la crisis de refugiados tras el acuerdo de readmisión con Turquía. Asimismo, la incertidumbre que lleva asociada el Brexit podría acabar dificultando la victoria de los discursos en contra de la UE que, en la mayoría de los casos, son un componente esencial en los programas de estos partidos de extrema derecha.

En el horizonte inmediato se encuentran, además de las ya citadas elecciones austriacas los importantes comicios en Países Bajos, Francia y Alemania. En todas estas citas con las urnas los candidatos de extrema derecha cuentan con altas posibilidades de conseguir buenos resultados. En lo que se refiere a Austria y Países Bajos, los candidatos de extrema derecha tienen claras opciones incluso de vencer las elecciones. En Francia, probablemente Marine Le Pen alcance la segunda vuelta de las presidenciales, pero no le alcance para hacerse con la victoria. En Alemania, el AfD buscará consolidarse como tercer partido detrás de la CDU y el SPD, y por encima de liberales, verdes y Die Linke. En cualquier caso, del resultado de estos comicios dependerá en gran medida la capacidad de la extrema derecha de moldear la agenda de la política europea.